lunes, 8 de agosto de 2011

El amor es cosa de… animales

El amor nos coge de sopetón, recordándonos lo cerca que estamos de otros animales de los que nos creemos muy superiores…Pero si te enamoras te das cuenta del estrecho lazo que nos une. Empieza con un leve tintineo en tus retinas, pero rápido se convierte en una metamorfosis que casi podría definir como mágica y a la vez, trágica. Así que me dispongo a darte estos 10 consejos que he ido aprendiendo con el paso del tiempo y gracias a la experiencia. Porque más vale el remedio que la enfermedad.

1- Si empiezas a escuchar que algo trina en tu cabeza, no para de dar vueltas y eso te provoca sensación de mareo, no lo dudes empiezas a tener pájaros en la cabeza. De manera que intenta espantarlos, ponte cualquier objeto a modo de espantapájaros, como un CD colgando o fabrica una cabeza hecha de paja para confundirlos. Si por alguna razón de la madre naturaleza estos trucos no te han servido, no desesperes, podría ser simplemente una migraña camuflada en forma de síntoma primerizo amoroso. Sí es así, ponte una toallita húmeda en la cabeza, enciérrate en tu cuarto apaga la luz y descansa.

2- Si seguidamente empiezas con dolores de barriga, falta de apetito que te provoca una sensación de plenitud aunque lleves ayunando tres días seguidos y visitas el lavabo más de lo habitual, no lo dudes es debido a que tienes mariposas en el estómago. Esos bichos no pararan de revolotear a sus anchas por tus adentros, así que si quieres acabar con ellas antes de que hagan capullos con huevos, no te engañes y recorras al recurso fàcil de intentar ahogarlas con alcohol, son muy listas y han aprendido a ahorrarse la pasta del botellón bebiendo a tu costa. Yo tengo un remedio infalible, prepárate un brebaje con todo aquello que odias, si contiene un poco de tus últimas defecaciones, ¡mejor que mejor! Te costará mucho beberlo al principio, pero te doy un consejo, no te sentirás tan mal como si no te lo bebes y dejas que esos bichos hagan de las suyas. Seguidamente notarás un malestar sin importancia y empezarás a vomitarlo todo, cuando digo todo es TODO, mariposas, capullos y huevos incluidos. Si por cualquier otra oscura razón mi truco no te ha surgido efecto, no desesperes, podría ser una gastroenteritis mal curada. Si es así, tomate Primperan para frenar el vomito, bebe coca cola, come arroz blanco y descansa.

3- Si aún así, empiezas a sentir un cosquilleo exagerado en los pies como si de un batallón de gusanos se tratase, que te deja paralizada cada vez que piensas o ves a la persona en concreto, no lo dudes son el tercer síntoma amoroso más notado. Si quieres acabar con esos pequeños gusanos que no dejan de magrearte los pies, sin pensarlo dos veces échate After bite, matarratas y polvos de talco para ahogarlos, quién sabe también podrían llegar a convertirse en capullos y más tarde en mariposas que irían a parar a tu estómago. Seguramente será donde se empieza a fabricar el enamoramiento; empieza en los pies con los gusanos, se transforman en capullo, salen mariposas que van directas a tu estómago y más tarde rondarían pájaros por tu cabeza con afán de comérselas. Tiene su lógica. Si todo eso que te has echado no ha funcionado, no te preocupes, quizá solo se te han dormido las piernas de estar en una mala posición, así que échate agua fría y hazte una cruz con saliva hasta que se te pase y puedas andar con normalidad.

4- Si a parte de andar como Quasimodo sin dejar de pelearte con los malditos bichos, empiezas a notar tus manos tan sudorosas que temes porque desaparezcan tus huellas digitales, cada vez que ves a la persona o tienes que rozar/tocar su mano, no hay duda te encuentras frente a otro síntoma de enamoramiento. Si esto te pasa en todo el cuerpo, nos encontramos frente al síntoma del sudor de la cerda. Es bastante peligroso, porque puede desencadenar un mal olor que puede hacerte perder los papeles en más de una situación. Así que actúa rápidamente, mete las manos en barro o por el contrario si te pasa en todo el cuerpo, rebózate en él tal y como haría un buen cerdo. Si con este viejo truco sigues sudando, no desesperes, cerciórate de que es verano y haga calor si ocurre tal cosa, entonces pégate una ducha, relájate y ponte el aire acondicionado.

5- Si a más a más, empiezas a notar tu sentido del olfato muy desarrollado y todo te huele mal menos cuando notas su olor a veinte metros de ti, no lo dudes te encuentras en el quinto síntoma, la perra en celo. Si quieres acabar con esto cuanto antes, ponte rápidamente una mascarilla, si no tienes, pídesela a algún amigo chino que tengas, ellos son expertos en la cura de esta enfermedad y siempre tienen alguna a mano. Si ves que no funciona, no desesperes, mira a tu alrededor, puede ser que estés cerca de algún contenedor de materia orgánica, así que aléjate cuanto antes si no quieres acabar descomponiendo tu barriga otra vez.

6- Si empiezas a escuchar un zumbido en tus oídos cada vez que alguien te habla, menos cuando te habla él, estás ante el sexto síntoma el de la abeja reina. Sus palabras y su voz funcionan como miel para esas abejas, así que si no quieres acabar aislado del mundo hazme caso. Ponte una malla en la cabeza a modo de apicultor para protegerte de ellas, porque salir corriendo de ti misma no es una opción. Si de todas formas no funciona, no desesperes, quizá tengas un tapón en el oído. Si es así, ves cuanto antes a un otorino para que te lo saque o aplícate un chorro de agua hirviendo en el oído con una jeringuilla.

7- Si siguen todos esos síntomas y a más lo combinas desvelándote a altas horas de la madrugada, o peor aun tienes insomnio por estar pensando en él y en cursiladas varias, estás frente al séptimo síntoma más común entre la población adolescente, el del búho noctámbulo. Si no quieres acabar pisándote las ojeras, hazte un lavado de cerebro para borrar su imagen y todos los pensamientos almacenados sobre él. Si aún así no funciona, quizá tengas una época un tanto movida que te hace estar nerviosa, tómate un somnífero y pide a alguien que te tape la boca con un pañuelo untado en cloroformo (si no encuentras a nadie, póntelo de perfume).

8- Si últimamente solo te entran ganas de comer dulce y hasta los mosquitos lo han notado que no paran de picarte, estás frente al síntoma del oso amoroso. Haz algo rápido porque puedes llegar a ser tan pastelosa hablando que quien te escuche sentirá pesadez. El remedio que te propongo es este; coge un puñado de sal generoso y métetelo en la boca, así sucesivamente hasta que tu organismo se reorganice. Si esto no te funciona mira el calendario, quizá se debe a que se acerca tu periodo menstrual, prepárate un paquete de compresas y ponte en posición fetal cuando haga falta.

9- Si últimamente no dejas de mirarte al espejo, te arreglas demasiado y no puedes bajar a por el pan ni en chándal y moño por si te ve, estás frente al noveno síntoma, el de la ratita presumida. Así que si no quieres parecer una vanidosa, consumista-compulsiva, víctima de la moda que ha perdido su personalidad, rápido, ves a casa de tu abuela y róbale la ropa más fea que veas, no te olvides de las bragas de cuello alto. Póntelo inmediatamente y oblígate a pasear durante dos horas por todo el pueblo. Si esto no funciona, quizá tengas una época baja de ánimos y simplemente necesites verte guapa, si es así recuerda cuántos años tienes y déjate de tonterías.

10- Si a pesar de todo, aún notas que estarías besándolo 25 horas al día y no te despegarías de él ni cagando, estás en el último síntoma, el de la lapa. Así que si no quieres que te aborrezcan y te manden a barrer el desierto, compra dos polos iguales de un imán enorme, engánchale una parte a él y otra a ti, verás cómo se repelen. Si esto no funciona, debe ser…porque es demasiado tarde y estás en el punto crítico de la enfermedad del amor.

Te he dado muchos consejos y ya no hay nada que hacer, es demasiado tarde. El amor cuando te atrapa por completo es difícil librarse. Es la enfermedad más fuerte que conozco, nadie puede hacer nada contra eso, ni siquiera tú misma. Primero te entrará por los ojos y recorrerá tu cuerpo con una rapidez desorbitada, así poco a poco se irá acercando a tu corazón, rodeándolo por todas partes sin dejarle escapatoria. El pobre corazón se verá desamparado y sin salida, así que se entregará por completo a ese amor que te corroe. Si es benigno todo irá bien, en cambio si es maligno destrozará cada parte de ti en mil pedacitos, sobretodo el corazón que será la parte más afectada. Ni eso servirá para curarse, pero cuenta la leyenda que el tiempo es el único factor que tiene poder sobre el amor, y también dicen que ha llegado a sanar miles de corazones rotos.

Mientras tanto yo iría practicando alguno de mis remedios caseros, si no quieres llegar a parecer una cerda presumida en forma de lapa con gusanos en los pies, ojeras quilométricas, mariposas en el estómago, pájaros en la cabeza, abejas en los oídos, que come pasteles a cascoporro y está en celo.

Espero que mis consejos te hayan servido, yo ahora me voy a intentar dormir que son las cinco de la mañana aunque no sin antes; comerme un plato de arroz hervido, mojarme la frente con una toallita mojada, hacerme cruces en las piernas, pegarme una ducha de agua caliente, comerme un donut, echarme eau de cloroform, y ¡joder! que tengo 23 años.

jueves, 14 de abril de 2011

Existe un lugar...

Existe un lugar que no deja de llamarme a gritos, que me sacude con todas su furia y en el que pasaría la mayor parte de mi tiempo, si realmente pudiera llamarlo mío.

Un lugar en que el tiempo no existe, se para accidentalmente como un reloj roto o al menos eso me hace pensar. Un sitio dónde puede ocurrir cualquier cosa, dónde se pueden encontrar diferentes tipos de personas con experiencias y relatos de vida todos ellos distintos entre sí, aunque con algunos puntos en común. También, se pueden vivir situaciones que jamás habrías presenciado a no ser por ese espacio que las engloba sin discriminar y como no, los sentimientos y emociones que suscitan esos pocos metros cuadrados…al menos a mí.

Sí, me refiero a los metros porque es ahí donde los pequeños movimientos toman mayor forma, siendo éstos más presentes. Dónde los gestos se hacen más patentes, dónde los prejuicios y las interpretaciones apresuradas surgen de manera continuada. Me encanta fijarme, meterme por un momento en el cuerpo y la mente de las personas que veo, sentir lo que sienten y tratar de aplicarlo a mi vida, mis circunstancias, mis dolores de cabeza.

Es un lugar que suele inspirar desconfianza a la mayoría pero en cambio para mí significa reflexión pura y dura, pensamiento, existencia, variedad, oportunidad y miles de cosas positivas que jamás acabaría de nombrar. De la misma manera me ocurre en el autobús, los trenes, etc. Donde el flujo incesante de gente es lo que le da vida.

Lugares que dan pie y provocan esos momentos en los que te liberas de todas las cargas impuestas, y los pensamientos viajan a la velocidad de la luz de neurona en neurona, absorbiéndote de la realidad. Aquí es dónde analizo casi sin quererlo cada una de las actitudes de las personas que ahí se encuentran, esas personas que algún “experto” ha decidido englobarlas a todas, llamarlo sociedad e irse esa noche feliz a dormir porque cree haber hecho una gran hazaña.

Y cuando observas a tu alrededor y ves que a tu lado se sientan varias mujeres, a primera vista sencillas aunque poco a poco te vas dando cuenta de sus rostros apagados, sin brillo, sin ánimos, sin esperar nada y con la mirada perdida como alejada de ahí. Y cuando hablan entre ellas tu oído se afina intentando descubrir que es lo que les perturba, lo que les quita el sueño,… cuando de repente deduces que podrían ser mujeres que viven prisioneras de sí mismas y del mundo, intentando reinsertarse en la llamada sociedad y que por su condición se encuentran haciendo una salida con una supervisora que las controla.

¿Alguien se ha parado a pensar que nadie les ha preguntado si realmente quieren eso?, está claro que no, ellos ya andan corriendo y cambiándose de vagón, pues resulta que yo sí y en sus decisiones se refleja la imposición donde esta toma fuerza.

Cuando te dan a elegir, mientras no se elija nada todo es posible, en cambio cuando eliges todo el abanico de opciones que antes poseías acaban esfumándose como por arte de magia. Cuando chocas con la realidad y te encuentras en estas situaciones, la gente (véase que no las personas) suelen desaparecer, porque les incomoda, sienten miedo. Prefieren evadirse con sus problemas y centrarse mejor en sus cosas, pensar en ir a comprar aquella camiseta que está de moda y que ha visto unas horas antes de pasada, al dirigirse a la academia a aprender inglés, para así engañarse pensando que tendrá mejores oportunidades en el futuro.

Para nada quiere saber porque esa mujer tiene el rostro apagado y habla como si esas fueran sus últimas palabras, como si le fuera la vida en ello. Una vida que no es suya, que se la han apropiado gente que se dice llamar “experta” o “profesionales”, porque ellos son los que saben lo que quieren y necesitan, saben lo que les ha de gustar y saben cómo motivarlas para hacer que lo que no les gusta les acabe gustando.

Así es como les enseñan la manera más adecuada para comportarse en “sociedad”, si es que existe un comportamiento único. Solamente es el que “ellos” desean, para así manipularlas a su antojo.

Mucha gente, pocas personas, o eso llega a mis oídos día tras día. Eso es lo que nos enseñan y nosotros aprendemos. Pero realmente es lo que nosotros mismos construimos. Hay pocas personas porque no os interesa considerarlas como tal.

Si en vez de quedarme sentada rodeada de presas o dementes, o desequilibradas emocionalmente y mentalmente, o toda esa jerga que usan esos profesionales me hubiera levantado y cambiado de lugar, simplemente me habría engañado a mí misma. Sólo me habría limitado a taparme los ojos, obviando esas personas. Pero no lo hice. Ahí me encontraba tratando de ver, de escuchar, de comprender, de sentir todos esos detalles que me proporcionaban sin saber, su forma de hablar, de quedarse mirando al vacio, etc. Unas señales que dan las personas sin ser conscientes, sin querer.

No es por el mero hecho del “chafardeo” sino el ir más allá el observar, el conocer, el entender, el traducir, el sentir, el pensar, el reflexionar y sobre todo, el aprender. Se puede aprender allá donde vayas. Y, se pueden encontrar miles de personas.

El primer paso para considerar a alguien como persona es dedicándole unos minutos de tu tiempo. Porque las "sociedades" que funcionan y se rigen por estigmas y prejuicios nunca podrá estar formada por personas.

viernes, 8 de abril de 2011

Un dia de tantos...

Y ya me ves, aquí estoy. Otra vez. Vuelta a las andadas, a comerme la mierda sola, a ir por mi cuenta, a cerrar los ojos cuando he de mirar. ¿Por qué después de tanto tiempo sintiendo esto, sigo encontrándome como si nada hubiera pasado? Resulta casi bochornoso, pero para qué voy a mentir…lo es. Y nunca entenderé como puedo dedicarme en cuerpo y alma a la gente, hay tanta gente…, y después cuando realmente necesito un poco de atención pues unos se tapan los ojos, otros la boca, otros los oídos.

Qué difícil es salir adelante cuando todos se encierran en su cascarón, cuando aún así les has sacado las castañas del fuego con todo tu empeño tantas veces … Pero lo pasado, pasado está y ya nadie se acuerda. Claro. Suficiente para mí ha sido el día de hoy. Porque podría estar haciendo mil cosas productivas o no, pero podría hacerlas, sin embargo no me veo con fuerzas, ellos me las han quitado y ahora no son capaces de prestarme un segundo su brazo para quitarme la pared que se me ha caído encima. Porque al final todo se derrumba, hasta el tocho más sólido, hasta el pilar mejor cimentado. No importa lo que sea, todo acaba cayendo por su propio peso. Y así es como vuelvo a estar. Sola pero con esperanza. Con la esperanza de que suene ese teléfono que tan vivo había llegado a estar unos meses antes. Con la esperanza de sentirme a gusto con quien esté y donde esté. Con la esperanza que es lo último que se pierde, pero ha llegado demasiado tarde. Ya no hay sitio para ella, así que esta noche tendrá que dormir en la intemperie, entre cartones.

domingo, 30 de enero de 2011

¿Cómo lo ve ella?

Me desperté con una llave en la mano. Llevaba un llavero bastante sencillo pero no sé porque, llamaba mi atención de una manera especial. Restregándome las sobras que habían dejado mis sueños en los bordes de mis ojos y degustando el sabor que aun quedaba por las esquinas de mi boca, me centré en la extraña aparición de esas llaves. De ellas, colgaba una etiqueta en la que aparecía una dirección. Me incorporé y seguí observándolas. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Aparecerme en esa dirección y devolverlas? ¿Quién sería? Y lo más importante, ¿Cómo habían llegado a parar a mis manos?

Me levanté y fui hacia la cocina dejando las llaves olvidadas encima del mármol. Me preparé un zumo recién exprimido porque sencillamente me apetecía. Mientras me lo bebía saboreando la acidez en cada sorbo y mirando un punto fijo de la cocina, pensando en nada, por el rabillo del ojo distinguí las llaves. Era como si me llamaran. Querían volver con su dueño. Así, que las cogí y las dejé lo más cerca de la puerta posible pretendiendo que ellas solas se cansaran de llamar mi atención y se volvieran por donde habían venido. Pero no lo hicieron. Cada vez que pasaba por delante me recordaban su extrañeza, y la intriga y mi poca paciencia estaban acabando conmigo. Me arreglé y me dispuse a pasar cerca de la dirección que indicaban por si algún recuerdo decidía aparecerse de repente por mi cabeza.

Ahí me encontraba enfrente del edificio. Nada. No había estado jamás en ese lugar. En un arrebato hice sonar el timbre. Nadie. Ninguna voz salió del portero automático. Apreté la llave muy fuerte contra mis dedos y abrí la puerta lentamente. Todo oscuro. Cerré la puerta y me adentré en el sombrío e interminable pasillo. Al final una habitación con algo de luz. La habitación rezumbaba un ambiente especial y mágico. Alguien había cuidado cada detalle que allí se encontraba. Unas velas aromáticas en las mesitas de noche, una confortable cama esperándome, el olor dulzón a incienso y pétalos formando un recorrido.

Me agaché y cogí un pétalo. Era suave y su olor me transportaba a placenteros recuerdos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Notaba la presencia de alguien detrás de mí. Y aunque había entrado con una llave desconocida a un apartamento en el que no había estado allí antes, y sentía el respirar de alguien a la espalda, no me sentía extraña. La inseguridad había volado. Me tapó los ojos con un suave y perfumado pañuelo. Y sin inmutarme lo más mínimo, empezó a recorrer con sus manos todas esas curvas que me habían hecho mujer. Sentía cada huella que sus dedos dejaban en mi cuerpo. Vibraba cada vez que sus labios se posaban en mi espalda para besarme. Revivía cuando soltaba su aliento por encima de cada vello dormido. Con delicadeza me posó en la cama. Sí, era más confortable de lo que había imaginado. Sin poder ver y sabiendo a lo que me exponía me dejé llevar experimentando cada sensación que mi cuerpo decidía saborear. Se me erizaba la piel con tan solo pensarlo.

Me quitó la venda de los ojos con mucha calma pero al abrirlos solo vi un cuerpo desnudo que ardía en deseos de que fuera suya. Decidí coger las riendas de la situación y alargué la mano hacia la mesita cogiendo un hielo de la cubitera. Empecé a lamerlo recogiendo todas las gotas que iban cayendo y chocaban contra mis labios, dejándolos húmedos y tentadores. Seguidamente, fui pasando el hielo por el contorno de mi barbilla hasta la llanura de mi cuello, levantando lentamente mi cabeza y cerrando los ojos, dejando ver a contraluz cada una de las pestañas que poblaban mis exóticos ojos. De vez en cuando, mientras el hielo iba perdiendo volumen debido a la alta temperatura de mi cuerpo, haciendo que las moléculas se dejaran ir de las manos, tal y cómo nos estaba ocurriendo a nosotros, iba lanzando miradas furtivas, llenas de pasión, de ganas, de deseo. Mientras, él no quitaba ojo del recorrido que iba haciendo el afortunado hielo por mis senos, se imaginaba poder estar en su lugar.

Viendo su actitud yo jugueteaba más, pasándolo por las zonas en las que él abría más los ojos, como haciendo énfasis en sus preferidas. Hasta que decidí traspasar esa sensación escalofriante pero a la vez sensual a su cuerpo, haciendo hincapié en la totalidad de su miembro hasta conseguir que gozara de la insensibilidad a la que se exponía, del mismo modo que unos valientes escaladores han quedado atrapados en las blancas montañas y están tumbados sobre la nieve esperando su trágico final. Ahí es cuando aparecen mis ardientes y acogedores labios en su rescate, haciendo mella en cada uno de sus pliegues, reforzando el fogaje con la pasión del único órgano móvil de mi boca. Su cara mostraba puro placer, como si gracias a mi boca hubiera revivido. Estaba espléndido, brillaban sus ojos, se relamía los labios, despertaban sus sentidos, las sensaciones se encontraban a flor de piel. Seguí durante un largo rato reanimándolo, salvándolo, estimulando y dando calor a todas las terminaciones nerviosas hasta llegar al glande, devolviéndole así toda la sensibilidad a su miembro.

Al acabar levanté la cabeza y lo miré fijamente, dándole a entender que deseaba que posara su mano, allí donde más le apeteciera y la arrastrara como un sediento en el desierto, por la fina capa que cubría toda mi persona. Así lo hizo. Y cada parte que tocaba, como si de un interruptor se tratase, encendía en mí la lujuria contenida. Me acerqué salvajemente a su boca, y lo besé apasionadamente, intercalando pequeños mordiscos en sus labios para que notara las ganas que me mataban por dentro. Todo se desenvolvía en un ambiente mágico, alejado del mundo y del tiempo, es lo que sucede cuando introducimos la intención en el campo del deseo, esa intención inmanente que nos caracteriza y con el único fin de hacerse realidad.

Así fue cómo empezó todo; cómo se desarrolló, cómo fue aumentando mi ansia, cómo levantó ese ángel caído, cómo encendió mi pasión, cómo evaporó esas cenizas, cómo fue despertando cada parte de mi ser, cómo consiguió que enloqueciera, cómo pudo con mi resistencia, cómo volvió a hacerme vibrar,… así fue como poco a poco, sentía que tanto él como yo nos fundíamos en una misma persona. Lo sentía tan dentro de mí, tan mío. Era un sueño bajo las sábanas, era nuestro sueño. Mi cuerpo ya no se mostraba frágil, se sentía más vivo que nunca, se sentía dueño y dominador de lo que tenia ante él.

Sentía cómo su sudor me penetraba, se volvía mío. Los arrebatos de deseo que nos movían se iban transformando con entusiasmo en una debilidad cada vez más exánime. Mientras manchábamos las sábanas con un frenesí exacerbado digno de figurar en la mejor tragedia griega, nos traspasábamos lo que sentíamos a través de besos embriagantes que me anestesiaban. Al notar que el delirio estaba llegando a su punto máximo, me acerqué a su oreja izquierda para provocar doble satisfacción en el cuerpo sobre el que me encontraba. Mientras su estado de nirvana hacia de las suyas extasiándolo, yo por mi cuenta lo enviaba al más allá pasando mi lengua por su lóbulo; así escuchaba las ganas que me poseían, la satisfacción que aquello me proporcionaba, la armonía que provocaba en cada célula que formaba mi cuerpo, la paz que transmitía a mi yo aquél estado de fascinación y el encantamiento que me elevaba a lo más alto dejándome a la altura de las estrellas. De este modo, conseguía un escalofrío que le recorría el vello del cuello hacia la nuca, y que el efecto era el contrario de las montañas de naipes. Mi malicia aumentaba cuando a pesar de todo, yo triplicaba el efecto de placer a través de pequeños besos y mordiscos llenos de cariño, a la vez que bañados de vehemencia y deseo.

Allí me encontraba yo aterrizando en la llanura de la calma, dónde la ingravidez toma fuerza, dónde no importa nada, dónde todo parece estar correcto. Y allí nos encontrábamos nosotros, exhaustos, sin fuerzas, sin dolor, sin timidez, sin cruzar palabra,… felices. Me acercó un Chester y los dos fumamos con el único soplo que quedaba dentro de nuestro pecho, sintiendo como la nicotina entraba y se unía fuertemente, chocando con las paredes de mis pulmones. Mente en blanco, la muerte cerebral que había presenciado minutos antes ocupaba todos mis pensamientos. Mientras rescataba la ropa que salvajemente había tirado en el suelo, y sobretodo mientras las medias tocaban mis suaves y relucientes piernas al ponérmelas, millones de desazones que antes habían volado ahora retomaban fuerza y se anteponían a todo lo demás.

¿Qué era aquello que había desatado mi locura llevándola al extremo? ¿Qué era lo que había dado rienda suelta a mis pasiones sin yo decidir primero? ¿Qué era lo que ahora se apoderaba de mí torturándome? ¿Era miedo de volver a notar como cada fisura penetraba en lo más hondo de mi corazón? ¿Era desprecio por mí, por mi vida y por lo que me rodea? ¿Era el dolor que podría sentir más tarde lo que me apenaba?

Sin duda algo me preocupaba, me sentía consternada, acongojada, atormentada pero sobretodo, amargada. Sentí ganas de mirarle a los ojos. Me giré buscando su mirada. La encontré. Y allí estábamos, medio vestidos uno enfrente del otro, mirándonos. Necesitaba ver en sus ojos la respuesta que esperaba. No la encontré. ¿Pero cómo puedo ser tan tonta? Nunca aprendo. Así que sin dudarlo un segundo más, recogí con ímpetu la ropa que aún se encontraba abandonada encima del sillón y con los zapatos en la mano, eché a correr pasillo a través. Escuché algún grito ahogado al fondo de la habitación, pero no paré. Seguí corriendo descalza hasta llegar a la calle, haciendo señales con prisa para que un taxi hiciera el favor de parar. Me subí sin pensarlo y entre sollozos, mande a aquél pobre hombre que estaba presenciando mi triste vida, allí donde nada ni nadie pudiera herirme.

Miraba a través de los cristales del coche aquel lugar dónde alguna vez hubo amor, dónde también hubo cariño, donde todo empezó… las lagrimas ocupaban la mayor parte de mi cara, dejando mis ojos empañados de una tela fina que dificultaba la visión y así, aquél lugar se iba haciendo borroso, iba desapareciendo. Notaba la grava que había quedado incrustada en la planta de mis pies a causa de la brusquedad con la que había salido corriendo. Entre gemidos y lamentos noté algo entre mis manos. ¡Era la llave! ¿Por qué? ¿Por qué me perseguía? ¿Qué quería de mí?

Rápidamente avisé al taxista de mi nuevo rumbo y dando un violento giro al volante, haciendo chirriar las ruedas de caucho, cambió de dirección. Llegué a mi destino. Me bajé del coche dejando al hombre con cara de desconcierto, mientras yo poco a poco me alejaba descalza hacia el acantilado. Necesitaba abandonar este afligimiento que me condenaba. Cogí las llaves con todas mis fuerzas y las lancé al infinito, rozando la apuesta de sol. Fui siguiendo su recorrido hasta que se confundió con las bruscas olas que esa tarde asaltaban las rocas. Escogí ese sitio, porque hay mar. El mar ayuda a pensar, a reflexionar, a arrinconar lo que nos duele, a desconocer lo que algún día conocimos, a omitir lo que nos hace daño, a extraviar sentimientos y a olvidar amores imposibles.